
ME LLAMO Manuel José Fernández Gallego.
NACÍ en Villarejo de Órbigo, provincia de León, hace casi 50 años, el 21 de septiembre de 1955.
MI ACTUAL RESIDENCIA está en la Argentina, región de La Patagonia, en una ciudad que se llama Esquel, donde estoy desde hace casi 10 años.
Soy salesiano sacerdote, y me ocupo en las tareas propias de un sacerdote salesiano en la Patagonia. En nuestra comunidad de Esquel, en la que somos cuatro salesianos, trabajamos en las tareas educativas y pastorales de una escuela de unos 800 alumnos, en las variadas actividades de una parroquia que agrupa unas 6000 familias en la ciudad y varias comunidades más en la zona rural, en actividades de animación juvenil con distintos grupos y en la acción de promoción humana y evangelización con comunidades de aborígenes mapuches.
Si tengo que responder al origen de mi vocación como salesiano o como sacerdote, la respuesta puede ser muy larga. Pero en lo referente a la decisión de irme a la Patagonia es más sencillo de explicar: fue, hace 10 años, como un signo de agradecimiento por tantas alegrías y satisfacciones que a lo largo de mi vida había vivido. Y ese agradecimiento se concreta en ofrecer cinco años de mi vida donde fuera más útil. Y aunque han pasado ya el doble de los 5 años iniciales, creo que mi vida por allá sigue siendo útil a mucha gente, así que por allá me sigo quedando…
LO MÁS DURO DE MI TRABAJO me parece que es cuando siento tanta impotencia para “dar una mano” en graves situaciones de necesidad (enfermedad, pobreza, miserias humanas…) En muchos de esos casos, además, uno tiene el convencimiento que al día siguiente a la semana siguiente, va a encontrarse con un dolor más grande o una pobreza mayor… Y así suele ser.
LO QUE MÁS FELIZ ME HACE, por el contrario, es cuando uno percibe que una pequeña acción que hace ayuda a sentirse mejor a alguien, aunque sólo haya sido por sentirse acompañado en su dolor o en su necesidad. Y tengo que reconocer que son mucho más frecuentes las situaciones de sentirme feliz que las de sentirme frustrado o insatisfecho, a pesar de tantas limitaciones personales y tantas situaciones sociales difíciles.

LOS JÓVENES DE ALLÍ son muy parecidos a los por acá, tal vez como una de las consecuencias de esta civilización globalizada. Y lo mismo que entre los jóvenes de por acá, se dan todas las “tipologías” de grupos juveniles y de jóvenes, desde los más violentos y antisociales hasta los más comprometidos. También es fácil descubrir que lo más negativo que ataca a los chicos y chicas de esta nuestra cultura occidental, es lo primero que llega y contagia a los jóvenes de otras culturas; como si lo bueno caminase siempre mucho más lentamente.
CREO QUE HAY MUCHA MÁS GENTE QUE HACE LO QUE HAGO YO, y con mucha más entrega y en condiciones de mucha mayor necesidad. Basta abrir un poco la ventana de uno para mirar alrededor…
Y por supuesto que no me refiero sólo a personas que sean religiosos o sacerdotes… Conozco cantidad de jóvenes, de papás y mamás de familia, de maestros y maestras, de buena gente… que además de hacer su trabajo diario bien hecho intentan dar parte de su tiempo, compartir sus bienes, regalar sus cualidades… a favor de quienes lo están necesitando. Gracias a todos ellos, el mundo cambia un poquito, aunque apenas se note.
A LOS JÓVENES ESPAÑOLES, aunque los conozco ahora menos que hace diez años, me atrevo a invitarlos a “ponerle alas a sus vidas”. O sea, que no se dejen arrastrar ni se arrastren, sino que intenten volar y ayuden a volar por encima del egoísmo, del individualismo, del afán de triunfo, del consumismo… Bueno, ya saben ustedes mejor que yo a qué me refiero.
Y QUIERO AÑADIR, recordando una vieja canción conocida en ambiente salesiano, algo que he vivido en todo este tiempo que he pasado “de vacaciones” en España. La canción decía:
Si le veis con la barba florida,
si le veis tostadito del sol,
dadle cordial acogida
que es misionero español.
Las dos primeras líneas son lo menos importante. Lo importante, y lo que yo he recibido es lo último: la cordial acogida, el cariño, la alegría… con que en todas parten me reciben. Esas expresiones de cariño son un rico tesoro con el que vuelvo ahora a continuar mi trabajo “misionero”.

Ojalá mi presencia entre ustedes y mi pasada por esta “ventana” les sirva a algunos a abrir un poco más las ventanas de sus ojos, las ventanas de su corazón, las ventanas de su vida al mundo.
Un abrazo,
Manuel José
Casa salesiana